La capirotada estilo Sinaloa no es solo un postre: es memoria, es casa y es Cuaresma. En mi familia, el olor del jarabe de piloncillo hirviendo con canela anuncia que ya viene esa época del año en la que mi mamá la prepara más de una vez, porque sabemos que no va a durar mucho. Es de esos postres que no necesitan presentación elegante; basta con que salga del horno, doradita y burbujeante, para que todos queramos repetir.
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La nuestra es la capirotada horneada, bien sinaloense, hecha con capas generosas de pan, queso que se derrite y se dora en las orillas, cacahuates crujientes, ciruelas pasas, pasas y plátano macho en trozos suaves y dulces. Cada capa se acomoda con calma y al final se baña con suficiente jarabe de piloncillo para que quede bien humedecida, pero sin perder textura. Ese contraste entre lo dulce, lo salado del queso y lo tostado del pan es lo que la hace tan especial.

Es una receta que viene desde mis abuelas. Cada una tenía su estilo. Una de ellas le ponía guayaba, lo que le daba un toque perfumado y ligeramente ácido que combinaba delicioso con el piloncillo. La otra era más aventurera: una vez decidió agregar cebolla cambray y tomate. Digamos que esa versión no fue precisamente un éxito… nadie la pidió de nuevo. Pero así son las recetas familiares, se prueban, se ajustan y se quedan las que conquistan el corazón.

Para mí, la capirotada es comfort food. No solo por lo rica que es, sino por lo que representa: la cocina llena de vapor dulce, las charlas mientras se arma en capas, la espera frente al horno y el momento de servirla tibia, cuando el queso todavía está suave y el jarabe se siente en cada bocado. Es un postre humilde, hecho con ingredientes sencillos, pero cargado de historia y cariño.

Cada Cuaresma, cuando mi mamá la prepara, no solo está siguiendo una receta; está repitiendo un ritual familiar. Y ahora compartirla aquí es mi manera de mantener viva esa tradición, con sus versiones exitosas… y también con las que mejor se quedaron en anécdota.


Ingredients
Method
- Precalentar el horno a 110 °C. Cortar los panes por la mitad y colocarlos en dos moldes rectangulares grandes. Hornear durante 15 minutos, hasta que se doren ligeramente.
- En una olla grande, agregar el agua con el piloncillo, la canela, los clavos de olor y la sal. Añadir los plátanos enteros y cocinar hasta que el piloncillo se disuelva y los plátanos estén blandos, por aproximadamente 25 minutos. Retirar los plátanos y cortarlos en cubos medianos. Retirar también las rajas de canela y los clavos de olor del jarabe.
- Aparte, en otra olla grande, armar la capirotada. Primero, colocar una capa de pan cortado con las manos directamente en la olla, acomodándolo bien. Luego, agregar una capa de plátano, queso chihuahua, queso fresco, cacahuates, pasas y ciruelas pasas.
- Repetir el procedimiento hasta llenar toda la olla, terminando con una capa de pan. Una vez listas las capas, aplastar ligeramente con las manos y colocar encima las láminas de mantequilla. Después, agregar cucharadas del agua de piloncillo tibia, usando toda el líquido para mojar bien la capirotada.
- Tapar la olla y hornear a 110° C durante 3 horas y media, hasta que la capirotada se infle un poco y se vea dorada por encima. Retirar del horno y servir caliente.
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